Catherine O’Hara fue mucho más que una gran comediante: se convirtió en una presencia familiar para generaciones de espectadores que descubrieron el cine y la televisión a través de sus personajes más icónicos. La noticia de la muerte de Catherine O’Hara, a los 71 años, tras una breve enfermedad y en su casa de Los Ángeles, reabrió de golpe el recuerdo de esos momentos inolvidables que dejó en la pantalla.
Desde los clásicos familiares de los años noventa hasta algunas de las series más celebradas de la última década, su carrera trazó un puente entre públicos y épocas muy distintas. O’Hara podía ser la madre desbordada por la culpa, la artista insoportable, la muñeca de trapo más lúcida de Halloween Town o una diva de telenovela caída en desgracia: siempre encontraba el tono exacto para que sus criaturas resultaran excesivas y, al mismo tiempo, profundamente humanas.
Canadiense de nacimiento y formada en la escena de improvisación de Toronto, cimentó su filmografía sobre personajes excéntricos que la llevaban al límite del registro cómico y dramático. Tenía la rara capacidad de pasar del humor más absurdo a una emoción contenida que se colaba en una mirada o en un temblor de voz. Esa dualidad es la que hoy muchos fans rescatan al compartir escenas y monólogos que definieron su legado.
Tras conocerse la noticia de su muerte, uno de los homenajes más conmovedores llegó de parte de Macaulay Culkin, su hijo en la ficción en “Mi pobre angelito”. El actor recordó a su “mamá” de la pantalla con una foto de la película y otra, reciente, del día en que ella lo acompañó a recibir su estrella en el Paseo de la Fama. Su mensaje, lleno de dolor y gratitud, condensó lo que mucha gente siente por O’Hara: fue parte de la familia, aunque solo la viéramos a través del televisor.
Beetlejuice

Uno de los primeros grandes momentos de Catherine O’Hara en el cine llegó con Delia Deetz en “Beetlejuice” (1988). Allí interpretó a una artista contemporánea, sofisticada y ligeramente insoportable, que se instala con su familia en una casa embrujada y se convierte en un contrapunto perfecto para el universo gótico y caótico de la historia.
Su escena más recordada es el célebre baile al ritmo de “Day-O”, una secuencia que mezcla lo sobrenatural con lo ridículo y que quedó grabada en la memoria de toda una generación. O’Hara se abandona por completo a la coreografía posesiva, sin preocuparse por cómo se ve, solo por lo que siente el personaje en ese trance absurdo: ahí está su genio, en entregarse al ridículo con absoluta seriedad.
Décadas más tarde, retomó a Delia en la secuela estrenada en 2024, cerrando un arco que conectó distintas etapas de su carrera y permitiendo que aquella madre neurótica de los ochenta dialogara con una actriz ya consagrada. Su regreso a ese universo demostró que el personaje había envejecido con ella, pero sin perder la chispa original.
Mi pobre angelito

Si hay un rostro de Catherine O’Hara grabado en la memoria colectiva, es el de Kate McCallister, la madre que olvida a su hijo en “Mi pobre angelito” (1990) y en su secuela. En estas películas, la actriz construyó a una mujer que carga con el peor error posible para una madre y que se lanza a atravesar medio mundo para reparar lo irreparable.
Los reencuentros de Kate con Kevin son el corazón emocional de ambas cintas: después del slapstick, las trampas y la comedia física, la historia se condensa en el abrazo entre madre e hijo. O’Hara dota a esos momentos de una culpa silenciosa y un alivio casi desesperado, que elevan a la película por encima del mero entretenimiento infantil.
El éxito en taquilla fue enorme y, con el tiempo, estas historias se convirtieron en clásicos navideños que vuelven a la programación año tras año. Gracias a esa repetición casi ritual, la figura de O’Hara quedó asociada a un tipo de cine familiar que no subestima a su público y que entiende que la risa funciona mejor cuando hay un sentimiento real detrás.
El extraño mundo de Jack

En “El extraño mundo de Jack” (1993), Catherine O’Hara cambió el gesto por la voz, dando vida a Sally, la muñeca de trapo creada por el Dr. Finkelstein. Desde el encierro al que la somete su creador, Sally recurre a su talento con las pociones para escapar una y otra vez, decidida a encontrar su propio camino.
A lo largo de la película, acompaña y cuestiona a Jack en su obsesión por adueñarse de la Navidad. Le advierte de los peligros de su plan con una mezcla de cariño, temor y lucidez que se filtra en cada línea. En la versión anglosajona, O’Hara también interpreta algunas de las canciones del filme, y en ellas se percibe una sensibilidad más melancólica, menos estruendosa que en otros trabajos suyos.
Sally es quizá uno de sus personajes más discretos en términos de gestualidad, porque depende sobre todo de la voz. Pero es también uno de los más profundos: una figura aparentemente frágil que demuestra una fortaleza silenciosa, muy alejada de los personajes ruidosos que la hicieron famosa. Ahí se ve hasta qué punto Catherine O’Hara sabía modular su energía según lo que requería la historia.
Schitt’s Creek

Mucho tiempo después de sus grandes éxitos de los noventa, Catherine O’Hara volvió a conquistar al público con Moira Rose en “Schitt’s Creek”. La serie sigue a una familia millonaria que lo pierde todo y se ve obligada a empezar de cero en un pequeño pueblo, y en medio de ese descalabro económico y emocional aparece Moira: una ex estrella de telenovelas obsesionada con su propia singularidad.
Moira habla con un acento imposible de ubicar, se expresa con un vocabulario rebuscado y se refugia en su guardarropa extravagante como si fuera una armadura. O’Hara convierte todos esos excesos en una partitura cómica milimétrica, donde cada pausa, cada palabra extraña y cada entonación cuentan. El resultado es un personaje que podría haber sido simplemente un chiste, pero que termina revelando una vulnerabilidad conmovedora.
En 2020, obtuvo el Emmy a mejor actriz de comedia por este papel, coronando una serie que arrasó en su temporada final. Para muchos espectadores jóvenes, Moira Rose fue su puerta de entrada al universo Catherine O’Hara, y la prueba de que su talento seguía creciendo y adaptándose a un nuevo paisaje televisivo.
The Last of Us

En la segunda temporada de “The Last of Us” (HBO, 2025), O’Hara sorprendió con uno de sus trabajos más intensos en el drama. Allí interpretó a Gail, una terapeuta en la comunidad de Jackson, Wyoming, que mantiene sesiones tensas con Joel. Acepta marihuana como forma de pago y arrastra un resentimiento profundo: odia a Joel por haber asesinado a su esposo.
Uno de los momentos más comentados de la temporada es el monólogo en el que Gail le revela de frente ese odio, con una sinceridad que desarma al personaje de Pedro Pascal y también al espectador. El guion le ofrece pocas escenas, pero O’Hara aprovecha cada una para construir una figura marcada por el duelo, la ética profesional y la necesidad de decir en voz alta aquello que la corroe por dentro.
Se trataba de un personaje original, no presente en el videojuego, pensado para servir al arco emocional de Joel y Ellie, y la propia actriz reconoció que probablemente no regresaría en temporadas posteriores. Aun así, su breve paso por la serie dejó claro que su talento no se limitaba a la comedia y que podía sostener, sin artificios, la densidad emocional de una tragedia postapocalíptica.
The Studio

Al momento de su muerte, Catherine O’Hara formaba parte del elenco recurrente de “The Studio”, una comedia de Apple TV+ protagonizada por Seth Rogen. En esta serie interpretaba a Patty Leigh, una productora de Hollywood que se mueve entre egos desbordados, crisis creativas y la maquinaria industrial de un gran estudio ficticio, Continental Pictures.
Por este papel obtuvo una nueva nominación al Emmy y una nominación al Actor Award en 2026, confirmando que seguía en plena forma creativa. Patty Leigh no es una caricatura del productor despiadado, sino una figura que conoce demasiado bien el sistema y lo enfrenta con ironía y oficio. O’Hara juega con la sátira del mundo del espectáculo, pero deja entrever también la soledad detrás de esa profesional que siempre tiene que mantener el control.
En muchos sentidos, este trabajo funciona como una despedida acorde a su trayectoria: una comedia sobre la propia industria, interpretada con la inteligencia y el timing de alguien que lleva décadas mirándola desde adentro. Es fácil imaginar que, con más tiempo, Patty Leigh habría engrosado la galería de personajes inolvidables de la actriz.
Un legado que sigue vivo en sus personajes
Al repasar estos momentos —de Delia Deetz a Patty Leigh, pasando por Kate McCallister, Sally, Moira Rose y Gail— se perfila una constante: Catherine O’Hara estaba siempre interesada en personajes al borde de algo. Del exceso, del ridículo, del colapso emocional, de la revelación íntima. Se movía en ese límite con una elegancia rara, capaz de arrancar una carcajada en una escena y, en la siguiente, un nudo en la garganta.
La ola de homenajes tras su muerte y la circulación de clips en redes no son solo un gesto de nostalgia: son la prueba de que su trabajo sigue vivo, disponible para ser descubierto por nuevos espectadores. Cada Navidad, cada maratón de cine fantástico, cada recomendación de una serie de comedia, es una puerta más para entrar en su filmografía.
Quizás la mejor forma de recordar a Catherine O’Hara sea volver a esas escenas y verlas con otros ojos: fijarse en cómo usa el cuerpo, cómo alarga una vocal, cómo sostiene un silencio. Ahí, en esos detalles mínimos, se esconde la razón por la que sus personajes más icónicos en el cine y la televisión seguirán siendo parte de nuestra memoria audiovisual durante mucho tiempo.


