“Sin piedad” es la nueva película de ciencia ficción protagonizada por Chris Pratt que lleva a un extremo inquietante una pregunta cada vez más presente: ¿qué ocurre cuando dejamos decisiones de vida o muerte en manos de una inteligencia artificial? En este thriller, la tecnología no solo asiste a la justicia, la reemplaza, y convierte a los algoritmos en la última palabra sobre el destino de las personas.
Dirigida por Timur Bekmambetov, la cinta se sitúa en un futuro distópico muy cercano, tan reconocible como incómodo. La corrupción y la ineficacia de las autoridades llevaron a la sociedad a abrazar un sistema judicial automatizado, supuestamente infalible, rápido y libre de sesgos humanos. Sobre el papel, es la solución perfecta; en la práctica, abre la puerta a un tipo de terror que no necesita monstruos, solo código.
“Sin piedad” se presenta como una reflexión directa sobre el impacto que la inteligencia artificial tendrá en la vida cotidiana y cómo, bajo la promesa de eficiencia, puede convertirse en la herramienta ideal para consolidar abusos de poder con una frialdad matemática.
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La película imagina un mundo donde los tribunales humanos han dejado de ser suficientes para detener el crimen. En respuesta, se impone un nuevo orden: jueces impulsados por inteligencia artificial que analizan datos masivos, antecedentes, patrones de conducta y cualquier rastro digital para dictar sentencia en cuestión de minutos.
El sistema promete algo que ninguna corte tradicional puede garantizar: cero margen de error. Sin cansancio, sin emociones, sin presiones políticas. Todo lo que importa son los datos. El problema es que, cuando ese sistema se vuelve absoluto, cualquier error, manipulación o sesgo incrustado en su programación deja de ser una simple falla técnica y se transforma en una condena irreversible.
“Sin piedad” explora justo esas grietas. Lo que empieza como un modelo modélico de justicia automatizada se revela como un peligroso mecanismo que puede ser utilizado en contra de los mismos ciudadanos que debía proteger. Esa tensión entre la promesa tecnológica y sus consecuencias imprevistas atraviesa toda la historia.
La carrera contrarreloj de Reese Dalton

El corazón de la película es el caso del detective Reese Dalton, interpretado por Chris Pratt. Al inicio, Dalton es un entusiasta de la tecnología y un convencido del nuevo sistema. Confía en la IA, confía en los algoritmos y en la idea de que una máquina, sin emociones, puede impartir justicia de forma más limpia que cualquier juez de carne y hueso.
Todo se derrumba cuando es acusado de un crimen que lo golpea en lo más íntimo: el asesinato de su propia esposa. De la noche a la mañana pasa de ser un defensor del sistema a convertirse en un sospechoso atrapado dentro de él. Detenido y puesto a disposición de una jueza de inteligencia artificial llamada MERCI-01, Dalton recibe un ultimátum brutal: tiene apenas 90 minutos para demostrar su inocencia.
La estructura de la película se apoya en esa cuenta regresiva. El protagonista debe reunir pruebas, reconstruir los hechos y exponer una posible conspiración, todo dentro de los límites que impone la propia IA. A cada minuto que pasa, el reloj se acerca al punto de no retorno: si falla, será ejecutado.
La tensión no es solo física, sino también emocional. Dalton se ve obligado a cuestionar sus propias creencias sobre la tecnología que siempre defendió. La culpa, el miedo y la desesperación se mezclan mientras intenta salvar su vida en un sistema que no está diseñado para escuchar dudas, sino para dictar veredictos.
Chris Pratt frente a un desafío distinto en su carrera
Para Chris Pratt, “Sin piedad” representa un tipo de reto diferente dentro de su filmografía reciente. Aquí no encarna al héroe carismático de una gran franquicia, sino a un hombre acorralado emocionalmente, obligado a enfrentarse a un sistema que creyó incorruptible.
El actor ha expresado que quedó profundamente enganchado con el guion por su originalidad y por el mensaje que propone. No se trata de una adaptación de una propiedad intelectual conocida ni de la continuación de un universo ya establecido, sino de una historia pensada desde cero, algo poco habitual en un panorama dominado por secuelas, remakes y franquicias.
Pratt también ha subrayado que, aunque se trate de ciencia ficción, la premisa no se siente descabellada. Con los avances tecnológicos actuales, la idea de una justicia respaldada por IA ya no es solo material de fantasía, sino una posibilidad que empieza a discutirse en el mundo real. Esa cercanía con nuestro presente hace que el thriller funcione también como una advertencia.
En ese contexto, Reese Dalton se convierte en uno de los papeles más dramáticos del actor, un personaje que transita del entusiasmo tecnológico a la angustia absoluta cuando descubre que los mismos sistemas que admiraba pueden ser manipulados para destruirle la vida.
MERCI-01, Rebecca Ferguson y un elenco al servicio de la tensión

En el centro del conflicto se encuentra MERCI-01, la jueza de inteligencia artificial interpretada por Rebecca Ferguson. Aunque se trata de una entidad programada para ser implacable, su presencia en pantalla se percibe como la de una antagonista fría y despiadada, más inquietante por su lógica inquebrantable que por cualquier exceso melodramático.
La película utiliza a MERCI-01 como el rostro —o, más bien, la voz— de un sistema que ha dejado atrás la empatía humana. Cada interacción con Dalton pone en evidencia una pregunta clave: ¿qué lugar queda para la duda, el matiz o la compasión cuando la sentencia depende de una máquina?
Junto a Pratt y Ferguson, el reparto se completa con Kali Reis, Annabelle Wallis, Chris Sullivan, Kenneth Choi, Kylie Rogers, Rafi Gavron y Jeff Pierre. Sus personajes orbitan alrededor del caso de Dalton, contribuyendo a elevar la tensión y a mostrar las distintas formas en que la sociedad se ha adaptado —o se ha rendido— ante el poder de la inteligencia artificial.
Detrás de cámaras: el equipo que da forma al futuro distópico
El proyecto está encabezado por Timur Bekmambetov, conocido por su interés en explorar nuevas formas de narrar y por su afinidad con los mundos estilizados y cargados de adrenalina. En “Sin piedad” se apoya en un guion escrito por Marco Van Belle, que plantea un relato concentrado en un solo caso, pero cargado de implicaciones éticas y sociales.
El rodaje comenzó en enero de 2024, con un equipo de producción integrado por Charles Roven, Robert Amidon y Majd Nassif. La fotografía está a cargo de Khalid Mohtaseb, responsable de dar al filme esa textura de futuro cercano: lo suficientemente familiar para que el espectador se reconozca en él, pero lo bastante estilizado como para remarcar que está viendo un mundo que ha dado unos cuantos pasos más hacia la automatización total.
Todo este trabajo detrás de cámaras apunta a un objetivo claro: construir un thriller a contrarreloj que, además de entretener, deje resonando en la mente del espectador la inquietud de hasta dónde estamos dispuestos a delegar decisiones humanas en sistemas que no sienten ni dudan.
Estreno, expectativas y el eco de la inteligencia artificial en pantalla
“Sin piedad” se posiciona como una de las primeras películas del año en abordar de forma frontal el uso de la inteligencia artificial como motor narrativo y conflicto central. Los pronósticos apuntan a una recaudación inicial de entre 10 y 13 millones de dólares en su primer fin de semana en la taquilla de Estados Unidos, una cifra que medirá qué tanto conecta el público con este tipo de historias de ciencia ficción ancladas en preocupaciones actuales.
El filme llega a la cartelera dispuesto a competir con producciones de gran escala como “Avatar: Fuego y ceniza”, que ha dominado la taquilla en distintas regiones durante semanas. En ese contexto, “Sin piedad” apuesta por un enfoque distinto: en lugar de expandir un universo ya conocido, propone una premisa original sostenida por la tensión de un solo caso y la amenaza omnipresente de una IA juez.
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Leer másLa película se estrena en México el 22 de enero y llegará a otros mercados un día después. Con esa ventana de lanzamiento, se convierte en uno de los primeros títulos del año en poner sobre la mesa el debate sobre el papel de la inteligencia artificial en la vida cotidiana, y en particular, en algo tan delicado como la justicia.
Más allá de sus giros de guion y de la intensidad de su cuenta regresiva, “Sin piedad” destaca por la forma en que obliga al espectador a mirar de frente una posibilidad incómoda: que, en nombre de la eficiencia, terminemos aceptando un sistema donde la última palabra sobre nuestra libertad —e incluso sobre nuestra vida— ya no dependa de un ser humano, sino de una máquina.
En tiempos donde la inteligencia artificial se filtra en casi todos los aspectos de la vida, el duelo entre Chris Pratt y MERCI-01 funciona como un espejo deformado, pero reconocible, de los dilemas que se avecinan. Y quizá esa sea la verdadera fuerza de “Sin piedad”: recordarnos que, aunque el futuro parezca inevitable, todavía podemos cuestionar quién —o qué— debería tener la autoridad para decidir nuestro destino.



